Sistema Vastari. Día 251 del año 9018 de la Era Segunda
Las naves pirata le seguían muy de cerca. Una vocecita dentro de su cabeza le decía todo el tiempo que no debería haber tomado esa ruta. Pero no había podido sustraerse a la morbosa atracción que ejercía sobre él el sistema Vastari. Quizás esperaba encontrar sus particulares respuestas en aquel lugar, como muchos otros antes. También conocido como El Maldito, aquel desolado sistema era ahora guarida de todo tipo de personajes que huían de la ley. Las rutas próximas a Vastari estaban llenas de oportunistas en busca de potenciales presas.
Le habían dado y la nave estaba dañada. Tres o cuatro alarmas empezaron a chillar estridentemente. Debía mantenerse lo más lejos posible de su fuego, el escudo no parecía servir de nada. Seguramente lo perseguían por la carga, o simplemente por la nave, para revenderla luego en el mercado negro, o como chatarra si le acertaban demasiado. Lo matarían sin vacilar si les daba oportunidad. Pero no estaba dispuesto.
Divisó un planeta grande rodeado de lunas y rocas orbitales y se dirigió hacia él. Empezó a maniobrar a través de las rocas que habían quedado atrapadas en la órbita planetaria con gran habilidad. Su nave era un Goliath, una nave comercial de carga de tamaño mediano sin apenas armamento. Poco podía hacer frente a los Joker de ataque, triplazas modificados que lo perseguían. Pero Furthak era un piloto excelente y podía hacer maniobrar su Goliath como si se tratase de un audaz monoplaza. Además, el mismo había rectificado el motor y el sistema de navegación. Empezó a hacer giros rápidos entre las rocas, arriesgando tanto en las maniobras que apunto estuvo de rozar un lateral contra uno de los peñascos. Pero así consiguió deshacerse de un par de naves y alguna otra se retiró. El escuadrón quedó reducido a una única nave que lo perseguía insistentemente, no parecía querer soltar su presa. La alarma del indicador de presión saltó. Debía aterrizar rápidamente, pero antes debía deshacerse de su perseguidor, no debían descubrir donde aterrizaba. Con las armas que llevaba no podía comenzar una maniobra de ataque sin exponer algún flanco. Se limitaba a maniobras evasivas, pero si la persecución proseguía demasiado el Joker acabaría acertándole.
Recurrió a un viejo truco. Se aproximó a una de las grandes lunas. Buscó una roca de tamaño apropiado y la acometió en oblicuo. Cuando estaba peligrosamente cerca hizo una maniobra de giro casi completo, a la vez que disparaba contra la roca y abría la puerta lateral izquierda de la bodega, liberando al espacio chatarra, bidones contenedores vacíos, recambios, desechos… Quedó encarado hacia la luna y con una única pulsión, casi simultánea a la anterior explosión se impulsó hasta quedar dentro de la sombra lunar, y apagó todos los sistemas.
Esperaba que el piloto del Joker no lo hubiese visto escapar al estar ocupado en esquivar los restos de la explosión. El lastre expulsado debía hacer creíble el engaño. Fueron unos momentos de tensión. Furthak rezó para que el piloto no buscase demasiado, llegando hasta alguna posición en que su Goliath quedase expuesto. Encaró la nave con la cinética hacia el Joker, si le descubría, antes de que tuviese tiempo de redireccionar el triplaza lo atacaría.
Pero el piloto del Joker, tras dar un par de vueltas de reconocimiento rápido, dejó ir una baliza de localización y dio media vuelta. Furthak suspiro, aliviado por un momento. Sin embargo sabía que el dueño de la baliza volvería con más amiguitos en busca de los restos de su nave. Tenía el tiempo justo para salir de allí sin ser visto. En cuanto volviesen a por el botín se darían cuenta de que allí no había piezas suficientes para recomponer un Goliath.
La nave estaba considerablemente dañada, no le quedaba más remedio que aterrizar en alguno de los planetas de Vastari para repararla. Orbitó alrededor del gran planeta, separándose del anillo de rocas para poder observar mejor. Se alejó buscando un ángulo de visión nulo respecto del lugar de la explosión. Al fin divisó lo que buscaba: un planeta con luces. Trazó una ruta recta en dirección a aquel lugar.
Me llamo Roberto Alcaravea. Esta información puede parecer poco relevante, pero es una de las pocas cosas que recuerdo. Sé que soy detective. Estaba investigando un caso, no recuerdo muchos detalles. Debí dar con algo importante, realmente importante.
Desperté tirado en el suelo de un callejón. Hacía mucho calor. Unos contenedores, situados a pocos metros, apestaban con tal intensidad que el olor se podía masticar. Tenía ganas de vomitar. Me levanté y las rodillas me temblaban. El callejón era estrecho, corto, irregular y con una entrada en ángulo. Estaba rodeado por edificios grises, viejos y sucios. Pocas ventanas daban a aquel rincón, un par de ellas ciegas. También estaba la puerta trasera de un hostal: el Rocambole. Parecía un establecimiento de mala muerte.
Al tratar de recordar qué hacía allí me di cuenta, con una punzada de pánico, que no lo recordaba. Un nombre, Roberto Alcaravea, resonaba en mi cabeza, pulsando en lo más profundo de mí, indicándome que era mío: mi nombre. Era detective, por eso lo observaba todo con mirada rápida y calculadora. Recordé que llevaba gabardina y sombrero. Me llevé la mano a la cabeza. Allí no había nada más que pelo áspero y enredado. Miré alrededor y en el suelo encontré el sombrero gris, a juego con la gabardina. Estaba un poco arrugado. Lo recogí y me lo puse. El calor era infernal. Me quité la gabardina y el sombrero. Debajo la camisa blanca estaba sudada. Me remangué, me aflojé la corbata y salí con paso tambaleante del callejón.
¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí? ¿Qué demonios había descubierto? ¿Quién me había hecho aquello? ¿Cuánto tiempo había pasado desvanecido? ¿Dónde estaba mi casa? ¿Alguien me estaría esperando en algún sitio? O tal vez me buscaban, pero ¿con qué propósito? No podía recordar, ni pensar.El sol brillaba con tal intensidad que me hería los ojos. La gente me miraba, debía tener un aspecto horrible. Entré en un bar y pedí un café. Fui al lavabo y descubrí por qué me miraban. Tenía sangre en la frente. Me lavé en busca de la herida, pero no la había ¿La sangre no era mía? Me lavé la cara, y me peiné el pelo con los dedos hacia atrás. Me quité la corbata. Estaba rota, así que la tiré en una papelera.
Salí y me tomé el café de un trago. Busqué en los bolsillos del pantalón el dinero para pagar. Di con mi billetera ¡Mi cartera! Me senté en la barra y la abrí con ansiedad en busca de respuestas. Allí no había más que tarjetas en blanco con letreros: “policía”, “prensa” o “crédito” decían, unas cuantas tarjetas de visita: “R. Alcaravea, detective privado”, monedas de plástico y billetes tan falsos que parecían pintados por un niño. ¿Qué coño de broma era aquella?
El camarero miraba con curiosidad, tratando de ver que estaba haciendo. Pero siempre me muevo con prudencia y sigilo. Estaba seguro de que desde el otro lado de la barra no podía ver lo que tenía entre manos. También sabía que mi rostro no le daba pistas, controlo bien mis expresiones faciales. El camarero tenía curiosidad porque había entrado con un aspecto sospechoso. Le dediqué una de mis sonrisas con mirada desafiante, punzante, una de esas que dice ¿Qué estás mirando? ¿Quieres problemas?. Dejó de mirarme abiertamente, pero me controlaba de reojo. Guardé la cartera, dejando uno de los billetes falsos arrugado en la mano, como si en cualquier momento fuese a usarlo para pagar. Cuando uno de los parroquianos entró saludando, dejé caer el billete con un movimiento ostentoso y me dirigí a la puerta, con zancadas largas, pero no demasiado rápidas. Gané la puerta antes de que acabase de cerrarse. Una vez fuera apreté el paso, girando de una calle a otra aleatoriamente. El camarero me iba a maldecir, pero confiaba en que no dejaría el negocio desatendido para salir a buscarme por el precio de un café.
No tenía dinero, no recordaba ningún lugar al que volver. Intentaba orientarme. A veces creía que una calle, una esquina, un portal me eran familiares. Pero la sensación se desvanecía enseguida. No sabía dónde estaba. Deduje que tal vez me alojaba en el hostal, el Rocambole. Si me estaban buscando y yo trataba de huir, volver no era lo más indicado. Seguro que uno, o varios matones me estaban esperando. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?
A pesar del calor me calé el sombrero para ocultar mis facciones. Caminé despacio hasta la entrada trasera del Rocambole. Volví a entrar en el callejón, no sin cierta sensación de alarma que me hacía estar alerta y reaccionar a cualquier ruido, por insignificante que fuese. La puerta estaba cerrada. Tendría que ir por delante.
Salí de los callejones y dí una vuelta a la manzana. Me aproximé a la entrada del hostal desde un lugar estratégico en el que pudiese observar desde lejos. Efectivamente había un matón en la entrada del hostal. Uno sólo, pero que valía por tres. Era un tipo gigantesco. Tan grande que las medidas resultaban inapropiadas, más parecidas a las de un simio. Era grotesco. La puerta del hostal parecía hecha para enanos junto a aquella mole. Dejé de mirar la entrada y seguí de largo. El hostal estaba descartado, pensaba, al menos por ahora. Giré a la derecha en la primera bocacalle y topé con ella.
Aquella fue la primera vez que la vi. Alholva. Entonces no sabía su nombre, por supuesto. Aún así, no pude evitar mirarla. Era preciosa. La piel blanca como la leche, ese vestido blanco de algodón vaporoso y sugerente. El pelo largo y negro, y el flequillo enmarcando aquella mirada felina de ojos grises. Alholva te mira y te quema por dentro. Y me miraba: directamente a los ojos.
– ¡Detective!, te estábamos buscando – Dijo sonriendo con esos labios rojos y suaves. Y me hipnotizó. – Eres difícil de localizar.
Sabía que estaba en problemas, pero no podía dejar de mirarla. Si aquella muchacha hubiese dicho salta, baila, arrodíllate, lo que fuese, lo hubiese hecho sin dudar. Hay que reconocer que si a uno le mandan a Alholva para que te atrape, lo único que puedes hacer es dejarte atrapar. Entonces comenzó a sonar la melodía más hermosa del mundo. Era como si unos instrumentos perfectos tocasen una melodía perfecta. Sencilla y a la vez conmovedora. La música me envolvía. Había perdido de vista el mundo y a mi mismo. La música me llamaba. Estaba por allí cerca, y en ella estaban todas las respuestas. Alholva me agarró del brazo y me pellizcó dolorosamente. La miré de nuevo. La había olvidado en tan sólo un instante. Su mirada era de angustia. Unas finas arrugas surcaban su perfecto y hermoso rostro. Quise decirle que escuchara la música ¿Acaso no la oía? Era tan hermosa. La música nos estaba esperando, a ella también. Allí todo sería perfecto.
– ¡No!, ¡No la escuches! – Me gritó tirando de mi brazo.
Era tan pequeña y ligera ¿Por qué no escucharla? …quería decirle… ¿Por qué no fundirse con ella? Aunque no estaba hablando en absoluto. Di un paso hacia atrás, estirando de Alholva que a la vez intentaba en vano tirar de mí. Al intentar girar divisé una mole que se me echaba encima. El gigante, dijo mi voz en alguna parte en el fondo de mi cerebro. Pero era tarde, me golpeó y perdí el sentido.
Cuando desperté estaba bajo techo. El golpe en la cabeza me latía de dolor. Estaba en una cama. Se escuchaba a la muchacha tararear mientras hacía ruido en la cocina. Intenté levantarme, pero estaba esposado de una mano a la cama. Me senté y el hombre-simio hizo un gruñido gutural. Estaba quieto en un rincón de la habitación, escondido en la penumbra.
Bueno, si me quisieran muerto, ya estaría en una zanja, pensé. No me tranquilizó demasiado. Al momento la muchacha apareció, encendió una lamparita y dejó un sandwich y un baso de leche en la mesilla de noche.
– Come. Debes tener mucha hambre. – Dijo.
Ella seguía siendo fascinante, pero yo ya no estaba tan fascinado. Me habían golpeado la cabeza, esposado a la cama… y me habían impedido ir hacia la música. ¿Por qué me seguía pareciendo tan importante la música?
– ¿Qué es esto? – Pregunté. Menuda pregunta de mierda. Fue lo único que se me ocurrió. Qué es esto se refería a todo: despertar en la calle sin recordar nada, la broma de la cartera, la muchacha y el gorila, la música, estar esposado a una cama.
– Es un sandwich de jamón y queso. La cocina no se me da bien. Pero el sabor es bueno.
– ¿Leche? – Le seguí el juego.
– Oh, no tengo whisky para tipos duros como tú. Pero ahora lo que más necesitas es la leche, créeme.
Levanté la mano esposada, que se detuvo a mitad de camino, impedida por las esposas. Miré a la muchacha con cara inquisitiva.
– Es por cuestiones de seguridad. Las cosas van a ir de la siguiente forma: Mientras comes como un chico educado voy a explicarte un par de cosas. Después de eso me marcharé. Walter me dará tiempo suficiente para esfumarme antes de darte la llave.
– No veo cómo iba a poder negarme a un trato tan justo. – Dije con tono irónico. Cogí el sandwich. El olor hizo que el estómago me doliese de hambre. Durante un segundo me pregunté si habría puesto algo en la comida. Pero miré de reojo a la mole aún oculta en la penumbra: contando con los mamporros de Walter ¿quién necesitaba de esas sutilezas?
– Buen chico. Seguro que te preguntas muchas cosas ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando? ¿Quiénes somos yo y mi amigo?… Ahora no recuerdas nada. Poco a poco irás recordando. Al principio es duro, a la mente le cuesta aceptarlo y se bloquea. Con el tiempo, si eres suficientemente inquisitivo y tu mente lo soporta, aceptarás la verdad. Algunos no llegan a aceptarlo nunca. Por ahora debería bastarte mi explicación. – Hizo una pausa, trataba de buscar las palabras – Hasta ahora estabas… en un lugar diferente a éste. Te has escapado. Algunos escapan por accidente, otros por que buscan escapar. Tú eres de los segundos. Descubriste que estabas encerrado e intentaste huir. Y lo has logrado. La gente de la que has escapado te busca, pero no para devolverte a dónde estabas. Eso ya no es posible. Aunque intentasen dominar tu mente, tarde o temprano volverías a recordar y volverías a huir. Eso es peligroso para ellos. Tampoco quieren que andes por ahí suelto. Te buscan para… liquidarte. Tienen dos formas de lograrlo. Una es con la Melodía. Es esa música que has escuchado antes. Para la gente como tú resulta irresistible, ya lo habrás notado. La hacen sonar cerca y esperan que tu vayas hacia ellos. Si no lo logran buscarán algo tuyo. Algo que se te cayese, que dejases olvidado o que hayas tirado. Cuando encuentren algo así se lo darán a los sabuesos que te perseguirán hasta encontrarte. Técnicamente yo te he salvado hoy. Además puedes quedarte aquí. Tarde o temprano hubieses descubierto que no tienes a dónde ir, ni persona alguna a la que recurrir.
Se sentó a mi lado. La tenía tan cerca que podría haberla golpeado, tal vez cogerla del cuello. Pero Walter me habría noqueado antes de lograr nada. De su cuerpo se desprendía un olor a flores embriagador.
– A veces creerás reconocer un sitio, una cara, un objeto, pero es una ilusión. El lugar del que vienes se parece mucho a éste. Pero no es igual. – Sus ojos volaban lejos, empañados. Luego se giró hacia mí. – Pero como ya debes saber, nada es gratis. En realidad espero que me devuelvas el favor trabajando para mí. La primera misión que te encomiendo es que busques y destruyas esas cosas que accidentalmente hayas podido dejar atrás, si, como sospecho, tal cosa ha sucedido ¿Fácil, no?
Tenía muchas preguntas. Estaba mareado. Su mirada, su proximidad, me desarmaban.
– ¿Qué debo hacer con… mis cosas?
La muchacha alzó la mano en dirección a Walter. Un brazo peludo y enorme salió de la oscuridad y depositó en la mano una cartera que enseguida reconocí como mía. La abrió y observó su contenido. Miraba las tarjetas ridículas y las iba tirando a una papelera.
– R. Alcaravea – Leyó con interés en una de ellas.
– Roberto Alcaravea – Puntualicé – Con tanto interés por mi persona, pensé que sabrías mi nombre.
– No lo sé todo, Robi – Dijo, dándome el apodo en aquel preciso momento. Depositó la cartera también dentro de la papelera. Volvió a extender la mano. La mole silenciosa le tendió automáticamente un zippo. Vertió un poco de gasolina sobre mi cartera y luego le prendió fuego, con cuidado de no quemarse. Se quedó mirando las llamas, mientras me contestaba:
– Debes quemar todas tus cosas.
– ¿Qué lugar es ése en el que estaba? ¿Dónde estoy ahora? ¿Quiénes son los que me persiguen? ¿Quién eres tú?
– Todo a su debido tiempo. Primero tendrás que ponerte a salvo y adaptarte. Los que han mandado en tu busca, se los conoce como Segundo Movimiento. Es importante que sigas estos dos consejos: si oyes la Música, huye en dirección contraria mientras puedas. No trates de hacerte el héroe. Contra ellos no tienes nada que hacer. Quema todo lo que consideres tuyo. No dejes rastros que puedan seguir hasta ti.
Se levantó en dirección a la puerta – Espero que sobrevivas para aceptar mi propuesta. En verdad lo deseo. -Antes de salir se giró una última vez. – Por cierto, mi nombre es Alholva.
Esos son mis primeros recuerdos tras despertar. Así fue como conocí a Alholva y me encargó mi primera misión, yo mismo.
Cuando hubo pasado un buen rato desde que ella se había ido Walter lanzó desde la penumbra una llave sobre la cama, fuera de mi alcance, y salió de la estancia y del apartamento con un par de pasos. No dijo ni una palabra. Sólo alcancé a verle el peludo cogote mientras trataba de coger la llave estirando de las sábanas. Para cuando me quité las esposas ya había desaparecido.
Desconfiaba de Alholva, desconfiar es parte de mi carácter. Pero mi instinto me decía que debía hacer lo que ella me pedía. Al fin y al cabo ese instinto jodidamente loco y preciso también está en mi carácter.
En un vistazo rápido recorrí el pequeño apartamento: un comedor-cocina con barra americana, una nevera pequeña y medio vacía, apenas lo útiles necesarios para una persona, un sofá gris, un baño con el espacio justo para una ducha y el dormitorio. Sin decoración. El edificio era muy alto, desde allí divisaba gran parte de la ciudad. Encontré algo de ropa y dinero.
Poco después seguía las instrucciones de Alholva. Volví al bar. El camarero hizo ademán de pegarme. Le dije que había sido un error y le pagué el café junto con una propina muy generosa. A cambio sólo quería de vuelta el billete falso. Debió pensar que estaba loco, pero aceptó encantado. Entré en el baño mientras el camarero comprobaba la validez del nuevo dinero. De la corbata ni rastro.
- Me pido a Jácome.
Por en medio, piensa Jácome. No está mal. Personalmente cree que juega a básquet mucho mejor que algunos de los que han salido primero. Pero no está mal. Al menos podrá lucirse ante Abigail con alguna buena jugada. Pero a mitad del partido ese dolor de cabeza otra vez. Pide el cambio, no lo soporta. La próxima vez lo elegirán de los últimos. Pero necesita ir al baño y meter la cabeza bajo el agua fría.
El dolor de cabeza no le abandona en toda la tarde. Su amigo Fedro le habla durante la clase, pero le duele tanto la cabeza que apenas lo oye. El profesor hablando, la tiza rasgando contra la pizarra, los cuchicheos de la clase, hasta los ruidos lejanos del patio, le molestan hasta hacer que el vello se le ponga de punta. La campana suena, martilleando su cabeza de forma horrible, pero es la libertad para volver a casa.
En casa podrá aislarse en silencio y a oscuras. Tiene que estudiar, al día siguiente hay un control de matemáticas. Su madre aparece y le regaña. Cree que le está echando cuento. Pero tampoco se pone demasiado dura, no sabe que al día siguiente hay examen. Mejor, no tendrá que fingir que estudia.
Al día siguiente en clase está en blanco. Lo intenta, pero no hay nada que rascar ¿Cuánto va a bajar su nota media un cero? Normalmente es un estudiante de notable, pero últimamente su rendimiento ha bajado. Tal vez quede en sufi, o puede que suspenda. Intenta rellenar algo al azar, por si cae algún punto. Desde luego la profe de mates no va a tragarse nada sobre dolores de cabeza, aunque sea verdad. Está molesta con él. Al principio estaba entre sus favoritos: es bueno con las mates. La profe cree que no estudia porque es un vago, así que lo va a castigar con la nota. Se levanta a entregar el examen cuando suena la campana, procurando que quede entre medias, ni arriba ni abajo, aunque de poco le va a servir.
Las horas pasan y tras la comida de medio día el dolor amenaza. Cuando vuelven a clase se siente además un poco mareado. Al acabar la jornada su cabeza late de dolor, como casi cada día. Sus amigos hacen planes para quedar y él se escabulle. Fedro le envía un mensaje, pero ni si quiera se molesta en contestar. Mirar la pantalla le marea. Se va a casa.
Otro día de clase ¿Cuándo llega el fin de semana? Sólo quiere estar en casa, acostado, en silencio, a oscuras… Fedro pasa ostensiblemente de él. No le saluda, habla con otro chico y cuando intenta acercarse le ignora. Está molesto. Jácome se pasa la mañana intentando excusarse. A medio día Fedro se acerca al fin. Pero para entonces ya tiene dolor de cabeza. Hablan poco. Fedro ha salido por ahí sin él algunas tardes. Han quedado con chicas y Abigail está medio enrollada con otro tío de clase. Fedro ha intentado hablarle bien de él, pero no es muy popular últimamente. Fedro cita a Abigail: Es algo rarit0 tu amigo. Debería sentirse molesto, decepcionado o algo así, pero lo único que siente es mareo. Deja que todo el mundo se marche hacia clase e intenta ir el último. Sospecha que cuando se levante va a tambalearse como un borracho y no quiere que lo vean.
Aquella tarde su tutor lo llama al despacho. Le da una carta para su madre, citándola . Es por el examen del otro día, piensa, la he jodido. Al volver a clase está tan mareado que casi se desmaya. Golpea la mesa y la clase se ríe. El profesor se enfada con él, por payaso, intenta protestar, lo castiga. Fuera de clase.
Las clases terminan. Fedro no lo busca. Nadie le envía mensajes. Mejor. Vuelve a casa y entrega la carta. Ve la cara de decepción de su madre. Siente rabia, tiene ganas de llorar, su dolor de cabeza se intensifica. Cuando intenta contestar habla pastoso.
- ¿Estas tomando drogas? – Le pregunta su madre con un tono entre sorprendido y amenazante, dos notas más agudo de lo que es habitual.
- No, mamá, es sólo que me duele mucho la cabeza.
- ¿Es eso lo que te pasa? Volveremos a ir al médico.
- El médico piensa que miento.
- Pues que te hagan pruebas.
- Ya me han hecho pruebas.
- Pues que te hagan más, si hace falta.
- De acuerdo, Mamá.
- ¿De verdad que no hay nada que quieras contarme? ¿Nada que te preocupe? Sabes que puedes hablar siempre conmigo…
Pues soy un vago, tomo drogas y practico sexo desprotegido, piensa Jácome, con rabia e ironía. No podrá soportar un sermón, su cabeza va a estallar. Si quiere sermonearle, va a tener que perseguirlo.
- Me duele la cabeza. No tengo hambre ¿Te importa si me voy a la cama pronto hoy? – Dice esto mientras camina ya hacia la habitación. Ve el gesto impotente de su madre. No ha sido muy listo, contando que mañana irá al colegio a hablar con el tutor.
Al días siguiente su madre y el tutor hablan largamente a solas. Luego le hacen pasar. El tutor se tira a su yugular: no muestra interés en los estudios, no hace las tareas, no prepara los exámenes, vaguea todo el tiempo. Su media está bajando considerablemente. Algunos profesores amenazan con suspenderlo. Su madre añade que está desmotivado, que no sale con los amigos, no va a la cancha a jugar a básquet, ni si quiera toca el ordenador o la consola. Entonces comienza el interrogatorio: ¿Tiene problemas con los compañeros? ¿Está deprimido? ¿Se siente estresado? ¿Echa de menos a su padre? ¿Es algún problema de drogas?
No, no, no… Jácome no sabe que contestar. El dolor martillea su cabeza y el mareo hace que las lineas rectas se curven.
- Me duele mucho la cabeza. Todos los días. Sólo es eso.
La respuesta no convence a nadie. Su madre promete que lo llevará al médico. El tutor además añade visitas con el psicólogo del centro. Al salir, Jácome muestra su enfado.
- No soy un loco, ni un mentiroso. Me duele la cabeza. – Está tan mareado que vomita. La gente alrededor, la mayoría alumnos que están saliendo de clase se lo quedan mirando. Ve a Fedro con otros chicos, se ríe de él, como los demás. Siente rabia. Está tan mareado que a penas se sostiene de pié. Su madre tiene que ayudarlo. Ella apenas puede con su peso. Siente vergüenza. Su madre tiene cara de miedo. Siente miedo también.
- Iremos al médico, a otro médico. Que te hagan pruebas.
Van al médico, de urgencia, esa misma noche. Está muy mareado, le duele la cabeza y le sangra la nariz. Las cosas que le dan no le hacen ningún efecto. El médico habla bajo. Su madre está muy asustada. Le hacen muchas pruebas. Tendrá que esperar unos días por los resultados. Mientras puede quedarse en casa. Le dan la baja: libertad para no ir al instituto.
Jácome pasa tres días encerrado en casa, con la cabeza palpitándole. El miedo y esa especie de intuición nefasta no ayudan. Su abuela se ha mudado a casa. Ha venido para cuidarlo mientras su madre está en el trabajo. La atmósfera del mundo parece haberse vuelto más grabe y silenciosa.
Llega el día. Se ducha y se viste formal. Siente muchos más nervios de los que ha sentido nunca antes. El médico los hace esperar. Al entrar está muy serio y condescendiente. Jácome sabe lo que sucederá antes de que suceda, se siente en el aire. Unas palabras de introducción amables y luego la cruda realidad: Tiene un tumor en el cerebro.
El mundo se abre a sus piés y siente un vértigo doloroso en la boca del estómago, como si le hubiesen dado un puñetazo. Intenta comprender, pero su cerebro no responde, las ideas no llegan. Comprende la expresión “quedarse en blanco” en toda su profundidad, nada que ver con lo del exámen del otro día. Su madre llora. Jácome no puede sentir nada. Es como si su alma se hubiese hecho pequeña dentro de su cuerpo, como si hubiese encogido. Su alma es minúscula y está replegada sobre si misma. Se niega a llegar hasta la piel, porque llegar a la piel es tocar el exterior, la realidad. Siente el cuerpo grande y torpe, como un traje demasiado grande y muy pesado. Con un esfuerzo terrible levanta una mano y la pone en el hombro de su madre, aunque no la mira. El gesto empeora el llanto.
El doctor sigue hablando. No comprende todo lo que dice. Nombra el cáncer con un nombre largo, rimbombante, extraño. Habla de fases, de tratamientos y de operaciones. De una operación, de operarle el cerebro. La cabeza comienza de pronto a funcionar, rápido: puede morir ¿va a morir? ¿por qué? El doctor habla de operar o morir. Tiene que elegir, y no puede esperara mucho. Su madre contesta que harán lo que tengan que hacer. Están decidiendo su suerte a cara o cruz, allí delante, sin consultarle. Jácome imagina a alguien abriendo su cráneo como en una película cómica, hurgando en él con un bisturí mientras pone un gesto de desaprobación y niega con la cabeza:
- Esto no está bien, hay que cortar lo que sobra. – Dice el malévolo doctor mientras saca unas tijeras enormes.
Es más de lo que puede soportar. Se levanta y sale de la consulta.
-Déjame, necesito pensar. – Dice a todos y a nadie en particular.
Sale del edificio, que le ahoga. Echa a correr, como si corriendo pudiese dejar atrás la realidad. Pero la realidad le persigue. Al fin se serena y las lágrimas caen. Pero no siente pena. Siente rabia y miedo y impotencia.
Después llegan los días grises. El llanto mal disimulado de su madre, que sonríe con los ojos y la nariz rojos:
- Vamos a luchar, vamos a hacer lo que sea necesario, vamos a superar esto.
La cree. Necesita creerla. Es como un niño de cuatro años al que su madre consuela asegurándole que no hay monstruos bajo la cama. No va a mirar ahí abajo, va a cerrar los ojos y repetir una y otra vez que no hay nada ahí abajo, aún cuando sienta como se encarama a las sábanas y tira de ellas.
Pruebas y más pruebas, pinchazos, medicamentos, dolor, vómitos, diarrea, sangre… Los días grises transcurren entre días malos, días peores y días menos malos. Cada mañana se levanta dividido entre la suerte de seguir con vida y el horror de enfrentar un nuevo día gris, lleno de incertidumbre. El pelo se le cae, la piel se le vuelve frágil, llena de eccemas, el estómago le duele, le han pinchado tanto que le han salido callos en las venas, como a un yonki…
El tiempo transcurre indefinible, una agonía que se estira interminable y lo atrapa. Nada tiene sentido, nada le importa. Apenas va al instituto, las notas son como un chiste malo. En los amigos sólo ve una mirada de lástima insoportable ¿Si no comprenden que significa pensar en morir antes de llegar a los 18, cómo se atreven a mirarlo con lástima? Los odia, por tener esas vidas despreocupadas, llenas de estupideces, donde un drama es no tener dinero para comprar el último capricho o no poder ir a una discoteca o una cita tardía. Cuando sale a pasear por la calle al frío de ese crudo invierno, el más frío en muchos años, tal vez su último invierno, sólo ve cadáveres en la gente que le rodea. Todos van a morir: el tendero, la mujer del carrito de la compra, los niños que corren huyendo de la víctima de su última trastada, la chica de las taquillas del cine, el padre que lleva a su hija, la niña que ríe y señala, encaramada en los hombros de su padre,… todos son muertos que andan, instantes breves, fantasmas. ¿Le dice el padre a su hija que morirá? ¿Es cruel decirle a un niño que va a morir? ¿Es menos cruel mentirle con fantasías o eufemismos edulcorados?
Al final llega el día de la operación. Todo el mundo ha decidido por él: debe luchar. No les ha llevado la contraria, tampoco tiene claro que esté de acuerdo. Al entrar se plantea la posibilidad de usar su voz para negarse, prorrogar lo improrrogable. Pero lo desestima. Se deja guiar, porque ese porcentaje alarmantemente pequeño de que todo vaya bien es lo único que lo mantiene cuerdo, lo que lo sostiene en los días grises. Esa esperanza como un peso muerto atado con un hilo frágil es lo único que tiene.
Despierta tras la operación como si volviese de un viaje muy lejano. Tarda un largo rato en saber dónde está, que ha sucedido y quienes son las personas a su alrededor. Madre, abuela, enfermera, doctor, gotero y esa otra cosa, la máquina que hace bip-bip. Todos sonríen. Ha sobrevivido. Todo ha ido bien. Jácome tiene ganas de sonreír, también. Quiere decir algo y le cuesta horrores encontrar las palabras.
- Tranquilo, con calma muchacho. Ahora tienes que adaptarte, ver que tal va todo. Has tenido mucha suerte.
Los pensamientos de Jácome llegan lentos. Cuando habla, lo hace despacio, atascándose. Le ayudan a hacerlo todo. Eso le molesta. Él quiere que le dejen hacer las cosas por si mismo, como antes. Le dejan y tarda mucho tiempo en conseguir atarse los zapatos y cuando termina se da cuenta en el espejo de que tiene el jersey del revés.
En su vida ya no hay dolores de cabeza. Pero levantar la cuchara sin que el líquido se derrame le cuesta. Cortar con el cuchillo le cuesta. Apretar el botón correcto le cuesta. Escribir o leer es como descifrar un jeroglífico. Tarda mucho en recordar la palabra que está buscando: frustración. Es una cima amarga. Prometen que mejorará. Todos actúan como si la vida fuese como antes, como si nada hubiese pasado. Están felices. Incluso le animan a volver al colegio.
Vuelve al colegio. Saluda a Fedro, que lo mira nervioso y con cara de asco. Apenas le saluda y le rehuye. Abigail se acerca.
- No le hagas caso, es idiota. Ten límpiate.
Jácome descubre que babea, otra vez. Abigail le mira con lástima.La profesora de matemáticas lo mira con culpabilidad. Él intenta demostrarle que aún puede hacer algo con las mates, pero las fórmulas son ahora todas indescifrables. Hasta sumar le parece complicado. No entiende nada de lo que explican en clase, no hace ninguna de las tareas. Sin embargo no importa. Todo está bien.
En gimnasia le ponen a jugar con los juguetes para niños. Jácome piensa que es una broma.
- Vamos a ejercitar tu motricidad fina. – Dice el profesor de gimnasia.
Los demás ríen por lo bajo. Jácome gorma redondas, cuadrados y triángulos mientras los demás juegan básquet. Tampoco importa, seguro que ahora le escogen siempre el último.
Jácome vuelve a casa. Le preguntan que tal el día. Intenta hablar pero tartamudea. Su madre termina las frases por él. Nadie espera mucho de él. Jácome aprovecha un descuido para coger la llave y escabullirse. Escucha a su madre hablando por teléfono:
- Todo esta bien… tiene mucha suerte… toda la vida por delante… volver a empezar.
Siempre dice eso el payaso: ojos rojos, nariz roja, piensa Jácome. Pasa mucho tiempo intentando acertar con la llave en la cerradura, mirando alrededor por si alguien viene. Cuando al fin acierta todo está hecho, girar la llave es fácil. Jácome se asoma al borde de la terraza.
- ¿Por qué nadie dice que la vida no es como antes?
Jácome salta.
Hace un tiempecito que no puedo escribir decentemente, así que voy a recurrir al viejo truco de rescatar algo del pasado. Es un poema que escribí hace muchos años, cuando aún era adolescente, así que tened piedad, porque es malo como un dolor de barriga. Es una explicación práctica de por qué no me meto con la diosa de la poesía.
Este poema participó en una exposición conjunta de poesía y pintura. Por el mundo existen tres cuadros basados en este poema. En eso consistía la exposición: tres poemas por poeta, de cada uno de esos tres poemas, tres cuadros. Me consta que se vendieron las tres obras, que sin duda eran muchísimo mejores que el poema.
La lectura del poema me trae recuerdos de Europ’Art 9. También me trae recuerdos de la sala de exposiciones Julià de Valls. Sala que ya no existe. Recuerdos del Sr. Julià, el desinteresado promotor de la sala y padre de una buena amiga. El Sr. Julià, hombre lleno de energía que murió. Murió exactamente del mismo cáncer del que mi hermano logró salvarse.
Con humildad y todo mi cariño, mi tardío pero sincero homenaje.
Himno
Guarda silencio
hombre pequeño,
respeta el campo
lleno de muertos.
Espera que se apague
el último lucero,
por que esta noche brillan
estrellas de duelo.
Yacen inertes
más de mil guerreros
en un mar macabro
de sangre y de cuerpos.
Si se gana o se pierde
no quieren saberlo,
para ellos no importa
pues ya se van lejos.
Su saliva y lágrimas
riegan árboles viejos,
baña su sangre
un campo de pensamientos.
Madres e hijas
lloran al cielo,
pues en la tierra
no saben dónde hacerlo.
No hay lápida ni tumba
para estos muertos
de guerras injustas
y sacrificios cruentos.
De almas frondoso
es el bosque primero
y tras el fragor
es campo desierto.
Las ánimas de todos
forman un coro
que vaga por el mundo
cantando un lamento.
Antes de la batalla
lo arrastra el viento,
después es el canto
del nuevo silencio.
Lo cantan los vivos
soldados con miedo
junto a las hogueras
del campamento.
Luego es el mudo
grito de interfectos
que por siempre caminan
solos y ciegos.
Este himno se hace
por siempre eterno,
más voces se unen
a cada momento.
Tristes almas
cantando en recuerdo
de todas las guerras
que aun no han muerto.
Hola a todos.
Al fin tengo mi librito de cuentos en las manos y estoy muy feliz. Es especial, extraño, un momento importante. Debería tener algo que decir, algo significativo. Pero como siempre en los momentos importantes me he quedado en blanco. Pero no por eso voy a dejar de celebrarlo. Para conmemorarlo y compartirlo con vosotros he decidido regalar dos libros.
Uno lo liberaré mediante bookcrossing de alguna forma especial, que estoy maquinando pero que aún no he decidido del todo.
Otro lo regalaré al comentario número mil en el blog, que ya andamos cerca. Si el comentario número mil es mío, spam o inapropiado lo regalaré al siguiente comentario.
Así que ya sabéis, permaneced atentos y a la caza.
Un saludo y gracias.
Anna se despierta con ganas de ir al baño. Se siente bien, feliz, pero tiene un dolorcito extraño en un costado. Se incorpora y deja caer los pies al suelo. Luego sigue al cuerpo. El cuerpo siempre sabe dónde está el baño. Entra a oscuras, se sienta a tientas en la taza, mea sumariamente y vuelve a la cama.
Tras unos instantes en blanco Anna se despierta hecha un ovillo de nervios. Esta sumida en la intranquilidad y todos los tendones de su cuerpo están en tensión. Tiene una preocupación terrible. Se revuelve en la cama, de un lado para otro, destapándose y tapándose. Sufre duermevela y pesadillas durante un rato que le parece muy largo. Luego cae en un sueño de esos malos: oscuro, profundo e inconsciente.
Tras unos instantes en blanco Anna despierta con unas ganas terribles de ir al baño. Se levanta con dificultad, debido a la enorme barriga. Sus pasos hacen retumbar el suelo con unas vibraciones grabes de pies enormes mientras alcanza el baño. Lo conoce bien, hace ese viaje varias veces cada noche. Intenta apuntar a oscuras para no dejar ninguna sorpresa desagradable. Tras un rato de espera molesto, rayando lo doloroso, mea un chorro de gotitas insignificantes y vacilantes que no le alivia en absoluto. Vuelve a la cama.
Tras unos instantes en blanco despierta en un cuerpo extraño. Las dimensiones de todo son erróneas y no comprende los mensajes ni las sensaciones. Intenta moverse pero no controla bien. Oh! un bebé. Nunca antes le había toca un bebe. Intenta comprender que se requiere, pero no lo tiene muy claro. Urgencia, si, urgencia, por eso está allí, pero ¿qué urgencia? Al fin se da cuenta de que se está asfixiando con la almohada. Le lleva un buen rato de esfuerzo y angustia girar la cabecita. A cambio recibe una felicidad maravillosa: simple y pura.
Se toma unos segundos, para recuperarse.
Vuelve.
Tras unos instantes en blanco siente de nuevo la barrigota, y también cierta humedad en los calzoncillos. Ha llegado tarde. Esto requiere un despertar completo. Envía el aviso y salta al siguiente.
Unos instantes en blanco y se despierta en un cuerpo sobre excitado. Un pequeño orgasmo culmina en la necesidad urgente de mear. Va hacia el baño. Mear le resulta muy placentero, casi como el orgasmo. Su cuerpo siente el reflejo de tocarse mientras mea. Debe ser algo habitual, el cuerpo hace sin consultar. Se mancha las manos de pis. Quiere lavarlas bien, pero el cuerpo pasa los dedos un instante bajo el agua y vuelve a la cama paraentregarse a los sueños eróticos.
Tras unos instantes en blanco despierta. Siente dolor: en las piernas y en los codos, en las encías, en los intestinos y cierta oclusión en el pecho. Se medio incorpora para respirar mejor y se dispone a resistir. El máximo de lo que dura una asistencia. Lo justo para dar un poco de descanso al anciano cuerpo. El tiempo transcurre lento, lleno de tics-tacs de un reloj de cuerda. Transcurrido el tiempo reglamentario se deja resbalar de nuevo hacia abajo en la cama.
Tras unos instantes en blanco se despierta con dolor raro a la dercha del abdomen. Conoce los síntomas: apendicitis. Envía aviso de despertar urgente con la sensación de que algo va mal.
Tras unos segundos en blanco despierta en el cuerpo de cierta ejecutiva famosa. Despierta rechinando los dientes. Caso agudo de stress. Va al baño, aunque más por rutina, no hay ganas. Ni si quiera se mira en el espejo, ha perdido la curiosidad hace tiempo. Busca la mesilla de noche y coge el libro más aburrido que encuentra. Intenta acelerar la vuelta al sueño, se concentra en aburridas formulas de mercado de masas. Nada que hacer, insomnio agudo.
Anna mira de reojo el reloj: 4:45. Aún queda mucha noche. Es duro el oficio de asistente de noche.
El lugar en el que puedes encontrar todo esto, y también dónde puedes encontrar esto otro es efímero: Este blog cumple tres años.
Llevaba tiempo pensando en dar este paso, preparando este paso. Y ya está dado. De hecho ya hace días que el enlace, de forma discreta, ha aparecido (a la derecha con esta configuración): Un libro, el primero, autoeditado, en lulu. El libro se vende para quién quiera tenerlo impreso y también como e-book. Sé que no tiene mucho sentido vender un libro con textos que son públicos y pasados, pero es más algo para mí. Me hace sentir feliz.
De todas formas las ganancias son muy ajustadas, así que si alguien más (a parte de mi) desea tenerlo, puede a un precio asequible. Yo estoy a la espera de recibir uno, ya os contaré que tal.
Gracias sinceras a todos los que habéis sido mi aliento, en un momento u otro.
P.D. (24/09/09): Debido a que algunas personas me han indicado que también podía poner mi libro a disposición en bubok he decidido subirlo ahí también. Por si a acaso a alguien le va mejor.
No voy a tener excusa cuando no venda ni uno…


