Que soy disléxica es algo que disparo a la primera de cambio a cualquiera que quiera escucharme. Si lo hago, es para asimilarlo y llevarlo bien. Nunca me lo ha diagnosticado un médico o un psicólogo. En realidad muchos disléxicos con cierta inteligencia suplen sus carencias con ingenio, y no son nunca diagnosticados.

Planteamiento de la cuestión: Imagina por un momento que eres diléxic@. Tu trabajo (parte de él) consiste asociar una matrícula de coche, buscándola en una base de datos, a unos datos. Como la base de datos es prehistórica no existe la búsqueda avanzada. Uno tiene una matrícula y busca aproximadamente por dónde esta debe aparecer.

Así que llaman, te dan un nombre y la matrícula, repites los números en voz alta a quien te los dicta mientras los anotas, para asegurarte de entenderlos bien. Los escribes en mayúsculas y con cuidado de que sean claros. Luego miras por dónde debería aparecer esa matrícula… nada. Si uno es una persona normal llamaría de vuelta diciendo que esa matrícula no pertenece a uno de nuestros clientes.

Pero estamos imaginando que somos disléxic@s. Así que tal vez hayas escrito mal esa matrícula, a pesar del cuidado que has puesto.

Desarrollo de la cuestión: Miras los números y las letras con atención, buscando los sospechosos habituales. Porque si algo tenemos los disléxicos es que somos constantes en nuestros errores. Los números parecen claros, no son especialmente equívocos, pero puedo haberlos intercambiado… Entonces se te enciende la luz de la suspicacia. Te das cuenta de que algo no anda bien: las letras. Esa matrícula en realidad no existe aún, por la combinación de letras. Así que puede ser que haya una letra mal, o dos, puede que una letra esté confundida por otra, o puede que dos estén intercambiadas de orden. Contando que los números no parecen sospechosos, te concentras en las letras. Buscas las posibles combinaciones que sí pueden ser ciertas. Nada.

Hay que afinar más. Profundicemos. Por el tipo de consulta sabes que el coche tiene menos de un año. Eso reduce la lista. Si suponemos que los números están bien, nos concentramos en las letras. Hay una W. Las W son letras que pesan mucho, difícilmente confundibles. Por año, la primera sólo puede ser G o F.  Tenemos los números, la W y sólo dos posibilidades para otra F o G. La letra sospechosa es una L que evidentemente no es una L. Así que chequeamos la lista, matrícula por matrícula. Al fin damos con lo que buscamos. La abrimos y el nombre coíncide. Éxito!

Resolución: La L es en realidad una J. Ya lo tenemos. Pero… ¿por qué si estaba pensando en J, diciendo Jota en voz alta a mi interlocutora al teléfono he escrito una perfecta ele. Maldita sea! Una consulta de segundos me ha llevado 10 minutos. Tengo ganas de golpear la cabeza contra la mesa. Me siento idiota. Soy idiota.

Recuerdo que los datos de la base de datos las introduzco yo. Entonces el mundo se vuelve un mar de números y letras hostiles e incompresibles. Intento animarme recordando que pongo mucho cuidado cuando introduzco los datos en la base. Y sobre todo, aquí está el quid, chequeo siempre una segunda vez los datos introducidos, en un día diferente.

Los disléxicos  tenemos fama de torpes y lentos, sobre todo en los años escolares. Mi jefe tal vez no me hubiese contratado si supiese que soy disléxica (si supiese que es lo que significa eso, claro).

Me gusta mucho leer y escribir, así que desde pequeña he “practicado” de forma natural para mejorar.  Además los correctores son una bendición. A veces me pillo a mi misma in fraganti. Muchas veces chequeo cuando tengo dudas. A temporadas estoy peor. Llego a disociar palabras escritas de su significado, separo y junto por dónde no toca, confundo letras y números, los cambio de orden. Todo se vuelve complicado, espeso, irreal…

Cuando determinada persona me dice que se niega a creer que sea disléxica, que simplemente soy despistada, me jode. Sería despistada si no fuese tan insistente en mis errores, tan constante y jodidamente coherente.

Entonces volvemos al primer párrafo del post.

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